Durante su campaña presidencial menos famosa, en 1999, Donald Trump propuso un impuesto a los estadounidenses con más de US$ 10 millones de patrimonio. Quizás pronto se encuentre haciendo campaña en contra de una propuesta similar, pues los demócratas se alistan para hallar maneras de gravar a los multimillonarios.
La senadora Elizabeth Warren —que ya anunció su precandidatura presidencial— ha planteado un tributo anual de 2% sobre los patrimonios mayores a US$ 50 millones y de 3% sobre los mayores a US$ 1,000 millones. En tanto, la nueva congresista Alexandria Ocasio-Cortez ha mencionado una tasa máxima de 70% sobre los ingresos más elevados.
En cierta medida, estas propuestas son un respiro. Los miembros del ala izquierda del Partido Demócrata tienen muchas ideas de gasto que necesitará financiamiento: Medicare para todos, gratuidad universitaria, el “Green New Deal”. Principalmente porque la población está envejeciendo, pero también debido a la rebaja de impuestos decretada por Trump, se estima que el ratio deuda/PBI casi se duplicará en los próximos 30 años.
Si un futuro Gobierno demócrata crea nuevos programas, mientras mantiene los existentes, serán necesarios impuestos más altos. Y si los ingresos crecen, existen buenas razones para mirar primero a los millonarios. Los recortes impositivos de Trump son solo la más reciente medida para hacer más esplendorosa la vida de los ricos. Entre 1990 y el 2015, el ingreso real de las familias en el 1%, después de impuestos y transferencias, casi se duplicó.
Durante el mismo periodo, los ingresos medios solo aumentaron en un tercio —y la mayor parte fue gracias a la intervención del Gobierno—. La globalización, el cambio tecnológico y la menguante competencia han permitido que los ricos prosperen en décadas recientes. Los profetas de la tecnología temen que la inequidad empeorará aún más, a medida que los algoritmos reemplacen en masa a los trabajadores. Tengan o no razón, lo cierto es que las desproporcionadas ganancias que han experimentado los millonarios podrían justificar que se les impongan nuevos gravámenes.
Desafortunadamente, los nuevos esquemas propuestos no están bien diseñados. Warren apunta a la inequidad, que también ha crecido dramáticamente. Aunque se justifica gravar la riqueza, su planteamiento sería burdo, distorsionador y difícil de aplicar. Por ejemplo, un empresario que obtenga retornos nominales anuales de 5% vería desaparecer mucho de ese dinero antes de que contabilice los impuestos al capital ya vigentes.
Esa posibilidad trituraría la inversión y el emprendimiento. Además, los burócratas tendrían que valorizar repetidamente las colecciones de arte y otros activos ilíquidos de los acomodados. Desde 1990, ocho países desarrollados han eliminado sus impuestos al patrimonio, generalmente debido a sus costos económicos y administrativos. Al 2017, solo cuatro tenían ese tipo de tributo.
Existen mejores maneras de elevar los impuestos al capital. Una es incrementar el impuesto a la herencia, que aunque es demasiado fácil de evadir, es relativamente amable con la inversión cuando es aplicado a tasas modestas. Otra es gravar las rentas económicas y los beneficios extraordinarios que inflan los retornos de la inversión. Los impuestos a la propiedad elevados pueden capturar eficientemente algo de las astronómicas ganancias que han obtenido los latifundistas cerca de ciudades exitosas.
También es posible aumentar impuestos a corporaciones que registran utilidades anormalmente altas sin que ello inhiba severamente el crecimiento de la economía. El truco es blindar el gasto de inversión permitiendo a las empresas que lo deduzcan de sus utilidades imponibles de inmediato y no a medida que sus activos se deprecian. La reforma de Trump lo logró, pero solo parcial y temporalmente.
¿Y el impuesto a la renta? Quienes respaldan a Ocasio-Cortez señalan que una tasa de 70% es cercana a la que maximiza la recaudación según un notable estudio económico. Pero ese estudio ignora los beneficios de la innovación emprendedora o de los trabajadores que mejoran sus habilidades.
La tasa máxima de 75% en Francia, de corta vida y desechada el 2014, recaudó menos de lo esperado. La de Estados Unidos es 37% y subirla es factible, pero sería sensato que el alza sea escalonada.
Aunque hay margen para elevar los impuestos a los ricos, ellos no pueden financiarlo todo, en especial porque son relativamente escasos. Se estima que la recaudación adicional que generaría la idea de Ocasio-Cortez —que solo aplica a ingresos por encima de US$ 10 millones— sería de US$ 12,000 millones, o 0.3% de la recaudación total.
La propuesta de Warren generaría US$ 210,000 millones anuales —pero se asume, de forma improbable, que la evasión será baja y que no habrá daño económico—. En definitiva, el precio de los programas de gasto ambiciosos será el aumento de impuestos, pero también la ampliación de su alcance. El punto clave de una estrategia para gravar a los ricos es entender que existen límites.



